martes, 22 de septiembre de 2009




Era una de las pocas (poquísimas) veces que estuve enamorada.


Habíamos estado corriendo bajo la lluvia durante más de media hora. La tormenta nos cogió de vuelta a mi apartamento, hasta un par de minutos antes el cielo estaba despejado. No hacía calor, pero tampoco parecía que fuera a sorprender la lluvia.


En realidad yo había propuesto en un principio quedarnos debajo de un balcón, en un portal, para esperar a que parase la descarga de agua. Era algo exagerado, parecía que alguien hubiera abierto los grifos allí arriba. Me recordaba a los niños sádicos que jugaban a ahogar a las hormigas con una regadera o con un cubo de agua. Él dijo que era una pena, porque era un día perfecto para mojarse con la lluvia: No hacía frío, ni viento, ni sitios a los que no se pudiera acudir empapados esperando al final de la tarde. Así que me lo quedé mirando por el rabillo del ojo antes de salir corriendo debajo del aguacero hacia casa. Tras un par de segundos de estupor salió corriendo detrás de mí.


Llegamos al portal de mi edificio chorreando agua desde el pelo hasta los zapatos, y justo cuando puse la llave en el pomo empezó a arreciar la tormenta. Cómo no. Murphy. Subimos los dos pisos sin ascensor dejando un rastro de agua por la escalera y nos cruzamos con un matrimonio de jubilados que se nos quedó mirando algo preocupados.


"Quitaos enseguida esa ropa mojada, o vais a coger una pulmonía, chiquillos."

"No se preocupe, señora, que ahora mismo nos quitamos toda la ropa."


Claro, que nadie dijo que nos volviésemos a poner ropa seca luego. Al menos durante unas horas.

1 comentario:

  1. Oh, que grabe error haber corrido, no hay nada mejor que pasear calmamente bajo la lluvia, llovizna o tormenta si uno se lo puede permitir (y no caen muchos rayos cerca). La lluvia invita a la meditación y al relax, como las olas. En buena compañía aterciopela la piel y las sonrisas de complicidad.

    Oh, que lástima haber corrido.

    Recuérdalo para la próxima tormenta.

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