lunes, 10 de agosto de 2009










Todos los grandes amantes empezaron por ser meros desconocidos. Desconocidos que un día cruzan sus mundos en un pestañeo rápido, y, de algún modo, se dan cuenta de que uno encaja en el perfil del otro. Sombras chinas, o los moldes que teníamos cuando éramos pequeños que encajaban uno dentro de otro. Muñecas rusas: Matrioskas. Y mil comparaciones más.

El amor eterno, que se enreda entre callejones con sabor a marfil y se escapa por ventanas con marcos de soledad, no es más que una prolongación insalubre de una fantasía, un hecho que se apagará con el tiempo. La gente que ama sin límites ni fechas de caducidad son un redil de obsesionados, enfermos mentales: No son personas, solo soñadores.

Todas las grandes historias de amor se escriben para tener un mismo final, un adiós sin palabras. Y, solo a veces, se ven truncadas antes de que pueda demostrarse que iban a expirar, y quedan como grandes hitos del romanticismo. El resto, se diluyen en los años, a veces solo por cuestión de meses. Otras, en días.

Solo muy de vez en cuando, alguien se suma al campo de concentración donde se encierran las almas de los amantes suicidas, los que no necesitan alimento para el corazón, los que, saben, como respiran, que nunca dejarán de leer los labios de la persona que les hechiza las noches en cada golpe de viento. Pobres infelices. Reyes y reinas de lo perenne. Princesas de la cabezonería y caballeros de la esperanza. Ilusos, al fin y al cabo.

Que nunca aprenden (nunca) que hay un tiempo para todo, hasta para empezar a olvidar.

La gata negra

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