viernes, 5 de junio de 2009


Tenías que verla. Con aquella boca de cereza, con forma de corazón, tan carmesí, tan húmeda, y la puntita de su lengua, cálida, apetente, repasando cada uno de los pliegues de aquellos labios jugosos como una boca madura. Dios, en realidad estaba volviéndose loco por sentir aquella boca alrededor de él, envolviendo la parte de su cuerpo que estaba por momentos apretándole los pantalones. Y ella divagaba, divagaba no sabía ya de que porque empezaba a sentir que el sudor frío que le goteaba por las sienes no le dejaba pensar, y el calor de aquella cafetería tan correcta, tan romántica, le estaba comprimiendo los pulmones. Y ella seguía abriendo y cerrando aquella boca golosa, de diámetro tan cuidadoso como si la hubieran pintado en su rostro de facciones proporcionadas. Y de vez en cuando el pelo le resbalaba hasta posarse distraído sobre sus pechos pequeños, redondos, que asomaban por un escote rodeado de puntillas.

“¿Me estás escuchando?”
“Sí, sí.”

Y su voz sonaba pegajosa, caliente y gruesa, se tropezaba con su lengua dentro de su boca. Y es que su lengua quería salir, quería posarse encima de aquellos pechos y rodearlos, saborearlos, saber el tacto de la piel, si estaba tan cálida como él imaginaba o era un cubo de hielo refrescante. Y ella le miraba, con los párpados entornados, con aquellas pestañas de muñeca y se apartaba una y otra vez con gracia el pelo de sobre la cremosidad de sus senos, y movía la boca, aquella boca roja, roja, roja, con la sangre a borbotones golpeando bajo la pulpa de sus labios, y la puntita de su lengua asomando de nuevo, para humedecérselos… Y… Dios.

“No, no me estás escuchando.”

Y entonces notó la mano de ella, la delgada mano de ella, de interminables dedos con las uñas por pintar, en transparente naturalidad. Porque era como una niña, era como una mujer que no se esforzaba por ser sexi porque no le hacía falta. Todo en ella era sexo, sexo condensado, sexo en cada poro de su dermis. Y esa mano que decía sexo en cada dedo como un anillo estaba sobre él, intentando rodear el bulto que ya estaba agonizando en sus pantalones, y estaba abriendo la cremallera por debajo del mantel de auqella mesita redonda de un café tan cuco, tan poco perverso, donde todos sus clientes bebían en tacitas de porcelana verdes chocolate espeso y dulce. Y él no podía, no concebía, que aquello no fuera su mente que se había volatilizado por completo, alejada ya del sentido común, perdido en los valles de sus senos, en las nalgas que se dibujaban todavía en sus pupilas cuando la había avistado en aquel vestido de algodón, que la envolvía como un guante, como si fuera diseñado para ella, exclusivamente para cada curva de su cuerpo. Y la “s” de “Sexo” del dedo índice de ella estaba apartando la licra de su ropa interior.

“¿Qué te estoy diciendo?”
“No… No lo sé.”
“Te acabo de decir que necesito que me penetres, ahora.” y remarcó la palabra con su boca, acunando cada letra con la lengua, con aquella lengua que asomaba para humedecer los labios como si...

“¿Ahora?”

Y mientras ya la palabra sexo le rodeaba por completo, y empezaba a escribirse arriba, y abajo, arriba y abajo…

"Ahora."
Y ya no dijo nada más porque tuvo que hacer un esfuerzo para devolver su mente de entre las nalgas de ella y concentrarse en no gemir en voz alta.
La gata negra

1 comentario:

  1. ¿Sabes que siempre digo que voy a tener una erección? Pues...

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