sábado, 6 de junio de 2009

Andrea - Primera Parte



La palabra era zorra. Eso sí, era una zorra con mucha clase. O más bien, interesante. Era una zorra de las que no te importa ver cada día, o tomarte con ellas un buen café, una de esas que cuando les has echado un polvo, además, te apetece escucharlas hablarte de algo que tú no conocías, y que acompaña el nirvana del orgasmo como una revelación cósmica en tu universo personal.

Pues así era Andrea. Era la hija de los vecinos de al lado, la que había venido contigo a clase toda la vida y levantaba la mano. Era la típica que se pasaba las tardes hablando de las obras de Shakespeare y de las reyertas entre Góngora y Quevedo. Te sabía decir que de repente habían puesto las variaciones Goldberg en la radio clásica o diferenciarte entre Monet y Manet. E, increíblemente, tenía la pinta de estar sacada de una revista de moda donde las modelos no eran palos de escoba anoréxicos.

“Tener capacidad de conjugar oraciones complejas no tiene nada que ver con el hecho de no saber combinar unos manolos con un buen vestido.” Y añadía, mirándote con una sonrisa que le dibujaba unos hoyuelos indecentes, de inocencia infantil, como si no hubiera roto un plato en su vida. “Y además, sería de imbéciles no tomar consciencia de que un cuerpo bonito es una arma como cualquiera y utilizarlo.” Y te levantaba la copa de vino sostenida entre sus dedos de perfecta manicura francesa.

Era la hija de tus vecinos que le habían sentado muy bien los años, y, además, tenía las habilidades de cama de una meretriz experimentada. O como escuchó él la primera vez que oyó hablar de Andreita Gómez: “No me habían hecho nunca semejante limpieza de sable, macho.”.

Y él, el muy gilipollas, en vez de hacerla pasar por su cama como todo hombre en diez kilómetros a la redonda, se había enamorado. Pero como un bendito idiota. La dejaba entrar en su casa por las noches, y ella se quitaba los tacones de aguja y dejaba caer la falda con un movimiento de cadera gracioso, que la empujaba por la gravedad hasta sus tobillos finos, que se continuaban de sus perfectos pies descalzos. Y la veía encaramarse a su cama, mientras él la miraba acostado en la alfombra, como si fuera una esfinge milenaria que le hablaba de las maravillas que había estado discutiendo en la conferencia de la que acababa de volver, y divagaba sobre el sentido de la divinidad en la vida de los hombres. Y él solo le miraba los pechos de vecinita demasiado mayor para seguirla viendo como la niña del body rosa que vuelve de ballet. Y entonces se la imaginaba con un escueto body de licra que le marcaba aquellos pechos suaves, tentadores… Y tocaban las cuatro de la mañana, y Andrea se levantaba para volver a su casa, con la misma gracia que había llegado, y le daba un beso en la mejilla. Y él se quedaba con los pantalones pequeños para lo que había decidido crecer por su cuenta y la sensación de que no era justo que él fuera el único que no había probado la carne de su mejor amiga.
La gata negra

3 comentarios:

  1. uhuhuh. demasiado tarde para leer, demasiado borracha para no imaginar. No dudes que algún día te pediré que te cases conmigo!!

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  2. Bonita historia,Andrea tiene muchas cosas que me resultan familiares..

    :)

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  3. Genial esta tortura elegida, este deseo soterrado que, seguro, ella adivina y utiliza.

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