domingo, 21 de junio de 2009


"Me di cuenta de que íbamos a durar cuando preferí el sofá cama a el silloncito Luis XVI, para cuando vinieses de viaje."
"..."
"¿Qué? Te acabo de decir que te preferí al diseño. Deberías estar dando saltos de alegría."
La gata negra

viernes, 19 de junio de 2009




"¿No te gustan los collares?"
"No es que no me gusten, cielo." dijo ella, observando colgar entre sus dedos el colgante de oro con una lágrima de diamante balanceándose en el aire. "Pero nunca me ha gustado eclipsar lo realmente importante. Y las joyas, los avalorios y toda esa parafernalia, son cosas que utiliza la gente para atraer la atención cuando no puede por sí misma. Sobretodo, los collares son uno de los complementos que más distraen de destacar un punto elemental."
"No acabo de comprenderte."

Ella se llevó el dedo ínidice sobre la línia del óvalo del rostro, y deslizo la uña lacada en negro por la larga curva que dibujaba su cuello, dejando un surco pálido a la presión que se deshacía como crema al mezclarse con el licor oscuro de su piel bronceada. Fue a morir un poco por debajo de su clavícula, haciendo circulitos con el dedo sobre la cremosidad de la piel que ya empezaba a sugerir la forma de sus senos en aquel escote imperio.

"¿Me comprendes?"

Él tragó saliva, y no pudo más que darle la razón.

La gata negra

domingo, 14 de junio de 2009

"¿Sabes qué? Creo que el look semi inocente en la expresión, aunque tiene eso de perverso que ya se sabe, no lo es más que una mirada puramente lasciva."
"Perfecto. Ahora deja de divagar sobre mis ojos y ven a la cama, ¿Quieres?"
La gata negra

jueves, 11 de junio de 2009



Aquellas que jugaban con los chicos.
Las que corrían más que tú en atletismo.
Y te daban palizas a las magic.
Las que te ganaban todas las canicas.
Las mismas que te explicaban los deberes de matemáticas.
Y llevaban chandal de adiddas dos tallas más grande.
Las que subían a los árboles, y a las porterías.
Las chicas de la biblioteca.
Aquellas que leían marvel mientras todas leían Ragazza.
Y parecían palos de escoba cuando les mirabas el escote y el culo a sus amigas.

¿Te acuerdas de la chica lista de primaria?
¿De tu mejor amiga de secundaria?

La que un verano conoció las minifaldas y los tacones.
Y un buen día se le talló la cintura y conoció la maestría del arte de mirar.
La que te tiraba de espaldas con aquel caminar de gata.
La misma que te dijo que ya tenía con quién ir al baile de graduación de bachillerato.
A la que le descubriste unas interminables piernas.
Y con la que soñabas cada vez que la veías mover los labios sin escucharla.

Por todas ellas.

Y, ¿Sabes qué?

Todavía te puedo dar una paliza al Soul Calibur IV.

La gata negra

lunes, 8 de junio de 2009


Hay tres palabras que les hacen iluminarse de pura felicidad cuando les veo alargar la mano hacia sus pantalones:

"Tomo la píldora."

La gata negra

sábado, 6 de junio de 2009

Andrea - Primera Parte



La palabra era zorra. Eso sí, era una zorra con mucha clase. O más bien, interesante. Era una zorra de las que no te importa ver cada día, o tomarte con ellas un buen café, una de esas que cuando les has echado un polvo, además, te apetece escucharlas hablarte de algo que tú no conocías, y que acompaña el nirvana del orgasmo como una revelación cósmica en tu universo personal.

Pues así era Andrea. Era la hija de los vecinos de al lado, la que había venido contigo a clase toda la vida y levantaba la mano. Era la típica que se pasaba las tardes hablando de las obras de Shakespeare y de las reyertas entre Góngora y Quevedo. Te sabía decir que de repente habían puesto las variaciones Goldberg en la radio clásica o diferenciarte entre Monet y Manet. E, increíblemente, tenía la pinta de estar sacada de una revista de moda donde las modelos no eran palos de escoba anoréxicos.

“Tener capacidad de conjugar oraciones complejas no tiene nada que ver con el hecho de no saber combinar unos manolos con un buen vestido.” Y añadía, mirándote con una sonrisa que le dibujaba unos hoyuelos indecentes, de inocencia infantil, como si no hubiera roto un plato en su vida. “Y además, sería de imbéciles no tomar consciencia de que un cuerpo bonito es una arma como cualquiera y utilizarlo.” Y te levantaba la copa de vino sostenida entre sus dedos de perfecta manicura francesa.

Era la hija de tus vecinos que le habían sentado muy bien los años, y, además, tenía las habilidades de cama de una meretriz experimentada. O como escuchó él la primera vez que oyó hablar de Andreita Gómez: “No me habían hecho nunca semejante limpieza de sable, macho.”.

Y él, el muy gilipollas, en vez de hacerla pasar por su cama como todo hombre en diez kilómetros a la redonda, se había enamorado. Pero como un bendito idiota. La dejaba entrar en su casa por las noches, y ella se quitaba los tacones de aguja y dejaba caer la falda con un movimiento de cadera gracioso, que la empujaba por la gravedad hasta sus tobillos finos, que se continuaban de sus perfectos pies descalzos. Y la veía encaramarse a su cama, mientras él la miraba acostado en la alfombra, como si fuera una esfinge milenaria que le hablaba de las maravillas que había estado discutiendo en la conferencia de la que acababa de volver, y divagaba sobre el sentido de la divinidad en la vida de los hombres. Y él solo le miraba los pechos de vecinita demasiado mayor para seguirla viendo como la niña del body rosa que vuelve de ballet. Y entonces se la imaginaba con un escueto body de licra que le marcaba aquellos pechos suaves, tentadores… Y tocaban las cuatro de la mañana, y Andrea se levantaba para volver a su casa, con la misma gracia que había llegado, y le daba un beso en la mejilla. Y él se quedaba con los pantalones pequeños para lo que había decidido crecer por su cuenta y la sensación de que no era justo que él fuera el único que no había probado la carne de su mejor amiga.
La gata negra

viernes, 5 de junio de 2009


Tenías que verla. Con aquella boca de cereza, con forma de corazón, tan carmesí, tan húmeda, y la puntita de su lengua, cálida, apetente, repasando cada uno de los pliegues de aquellos labios jugosos como una boca madura. Dios, en realidad estaba volviéndose loco por sentir aquella boca alrededor de él, envolviendo la parte de su cuerpo que estaba por momentos apretándole los pantalones. Y ella divagaba, divagaba no sabía ya de que porque empezaba a sentir que el sudor frío que le goteaba por las sienes no le dejaba pensar, y el calor de aquella cafetería tan correcta, tan romántica, le estaba comprimiendo los pulmones. Y ella seguía abriendo y cerrando aquella boca golosa, de diámetro tan cuidadoso como si la hubieran pintado en su rostro de facciones proporcionadas. Y de vez en cuando el pelo le resbalaba hasta posarse distraído sobre sus pechos pequeños, redondos, que asomaban por un escote rodeado de puntillas.

“¿Me estás escuchando?”
“Sí, sí.”

Y su voz sonaba pegajosa, caliente y gruesa, se tropezaba con su lengua dentro de su boca. Y es que su lengua quería salir, quería posarse encima de aquellos pechos y rodearlos, saborearlos, saber el tacto de la piel, si estaba tan cálida como él imaginaba o era un cubo de hielo refrescante. Y ella le miraba, con los párpados entornados, con aquellas pestañas de muñeca y se apartaba una y otra vez con gracia el pelo de sobre la cremosidad de sus senos, y movía la boca, aquella boca roja, roja, roja, con la sangre a borbotones golpeando bajo la pulpa de sus labios, y la puntita de su lengua asomando de nuevo, para humedecérselos… Y… Dios.

“No, no me estás escuchando.”

Y entonces notó la mano de ella, la delgada mano de ella, de interminables dedos con las uñas por pintar, en transparente naturalidad. Porque era como una niña, era como una mujer que no se esforzaba por ser sexi porque no le hacía falta. Todo en ella era sexo, sexo condensado, sexo en cada poro de su dermis. Y esa mano que decía sexo en cada dedo como un anillo estaba sobre él, intentando rodear el bulto que ya estaba agonizando en sus pantalones, y estaba abriendo la cremallera por debajo del mantel de auqella mesita redonda de un café tan cuco, tan poco perverso, donde todos sus clientes bebían en tacitas de porcelana verdes chocolate espeso y dulce. Y él no podía, no concebía, que aquello no fuera su mente que se había volatilizado por completo, alejada ya del sentido común, perdido en los valles de sus senos, en las nalgas que se dibujaban todavía en sus pupilas cuando la había avistado en aquel vestido de algodón, que la envolvía como un guante, como si fuera diseñado para ella, exclusivamente para cada curva de su cuerpo. Y la “s” de “Sexo” del dedo índice de ella estaba apartando la licra de su ropa interior.

“¿Qué te estoy diciendo?”
“No… No lo sé.”
“Te acabo de decir que necesito que me penetres, ahora.” y remarcó la palabra con su boca, acunando cada letra con la lengua, con aquella lengua que asomaba para humedecer los labios como si...

“¿Ahora?”

Y mientras ya la palabra sexo le rodeaba por completo, y empezaba a escribirse arriba, y abajo, arriba y abajo…

"Ahora."
Y ya no dijo nada más porque tuvo que hacer un esfuerzo para devolver su mente de entre las nalgas de ella y concentrarse en no gemir en voz alta.
La gata negra

Erótica del dolor


Te he hecho daño, alma mía
he desgarrado tu alma.

Entiéndeme.
Todos saben quien soy,
pero ese Soy
es además un hombrepara ti.

En ti vacilo, caigo
y me levanto ardiendo.
Tú entre todos los seres
tienes derechoa verme débil.
Y tu pequeña manode pan y de guitarra
debe tocar mi pecho
cuando sale al combate.

Por eso busco en ti la firme piedra.
Ásperas manos en tu sangre clavo
buscando tu firmeza
y la profundidad que necesito,
y si no encuentro
sino tu risa de metal, si no hallo
nada en qué sostener mis firmes pasos,
adorada, recibe mi tristeza y mi cólera,
mis manos enemigas
destruyéndote un poco
para que te levantes de la arcilla,
hecha de nuevo para mis combates.

Neruda, El daño.

No hay mejor amante que una misma.
La gata negra

miércoles, 3 de junio de 2009



Lo que más odio de los hombres es cuando les estás diciendo "Sí" y tienen miedo a que sea un "No" maquillado.

La gata negra

lunes, 1 de junio de 2009


"Que a gusto dormiría esta noche contigo, hermosura."
"Eso harías toda la noche, imbécil, ¿Dormir?"

La gata negra