martes, 26 de mayo de 2009


Se había ido.

Le conocí hacia las cinco de la tarde Dios solo sabe en que café. No era mi ciudad. Ni la suya. Ya se sabe, París tiene un algo especial, y sus café, un olor característico. Su voz me erizó hasta la última de mis vértebras, y me mandó directamente un calambre en el cerebro.
Me invitó por la noche a un Château Latour 1998 mientras me desgarraba con cada sílaba bordada en aquella cadencia rota, rasgada, que era la gravedad de su acento Polaco y yo divagaba entre que habría debajo de la camisa blanca perfectamente planchada.
Gesticulaba con las manos y me hablaba de arte, del que coleccionaba en su casa de verano en Italia. Me peguntó por mis libros. Por mi oficio. Y yo le respondí que mataba gente con licencia la mayor parte del tiempo. Se rió.

Cuando le hube averiguado hasta el último lunar y me memoricé el sonido de papel de lija de sus gemidos le dije que se marchase y que cerrase al salir la puerta.

No me preocupé de ver cara que puso, ni que significaba el hecho de que mantuviera la mano en mi cintura un interminable minuto, como tratando de entenderlo. Cuando escuché sus zapatos de marca alejarse por el pasillo del hotel, me di cuenta de que le había despachado por pura costumbre, y una muesca que me había dejado su voz en los senos me hizo sentir vacía.

Alcancé la copa de vino en la mesita. No tenía ganas de vestirme y alcazarle para preguntarle como se llamaba.

La gata negra

Suena en el tocadiscos: El tango de Roxanne - Moulin Rouge

[Te adoramos, Jacek Koman]

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