miércoles, 13 de mayo de 2009


¿Sabes? Todavía tengo la máquina de escribir.

Aquella que compramos en un rastro aquella primavera en París por cuatro perras. Nos salió más caro el papel de calco y los folios que aquella antigualla sin marca. Si no recuerdo mal le faltaban algunas teclas. A veces me viene a la memoria cuando te despertabas y yo ya escribía desnuda frente a la ventana, enrollada en una sábana que me había caído a la cintura, y la luz suave del amanecer proyectaba mi sombra leve contra el suelo de madera. Recuerdo como me besabas la nuca, apartando el cabello con una mano, y luego te deslizabas dejando un beso en cada uno de mis pechos, sin que yo dejase de teclear.

Recuerdo que dormíamos en un colchón en el suelo. Y que no tardaba en dejar de escribir para irnos a buscarlo.

La gata negra

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