lunes, 25 de mayo de 2009

Me había quedado dormida en el sofá con una camisa abotonada suya, demasiado grande para ser tan solo una camisa y demasiado corta para ser un camisón. Cuando me desperté a la mañana siguiente estaba mojada y con ganas de quitarme la ropa interior para ir a su cuarto y sentarme sobre él sin mediar palabra.

No lo hice, insegura de su reacción.

Luego hice mis maletas y me marché sin decir adiós antes de empezar a sentirme peor.

La gata negra

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