domingo, 31 de mayo de 2009


Cuando lo entregas todo para olvidar, y te das cuenta que funciona, ni aún así, consigues escaparte de cuando él abandona tu cuerpo y cierra la puerta, y te vuelves a quedar, completa e irremediablemente, vacía y sola.
La gata negra

sábado, 30 de mayo de 2009


Empezó a ser un juego. Lo de donde pongo el ojo pongo la bala. Un juego terriblemente fácil y terroríficamente divertido. Coleccionar corazones como quien colecciona mariposas. Clavarlos con alfileres en la pared de mi habitación con el nombre del desgraciado debajo. Pobres infelices. Se vendían por una sonrisa. Por una caricia.

Lo mejor era los previos. Descubrir que buscaban. Que necesitaban. Apuntar cada una de sus variables y combinar sus gustos para crear la trampa perfecta, el reclamo ineludible. Trenzas más faldas con un diez por cien de intelectual. Bohemia con un treinta por cien de zorra con ínfulas de espiritualista. Pija que se hace la superficial pero en el fondo tiene un mundo interior rico e interesante. Modelos, estereotipos, jugadas. Jaque mate. Otro corazón al corcho. Y un polvo de consolación.

A veces hasta eran buenos en la cama. Algunos incluso daban verdadera pena cuando les dejabas en la cuneta y te miraban con ojitos de perro abandonado. Pobres, pobres cachorros.

Cada vez buscar presas más complicadas. Retos más inalcanzables.

Y, por desgracia, al final, todos son más fáciles de lo que parece.

La gata negra

viernes, 29 de mayo de 2009


“¡Vamos!”

De un salto estaba fuera de la cama, abriendo las cortinas y dejando que un golpe de sol cubriera las paredes del cuarto y reemplazara la oscuridad translucida de hacía a penas segundos. Se tiró a su lado, besándole a penas con una risa fresca de mañana salada.

“¡Venga, sal de ahí! Hace un día fantástico, tenemos que aprovecharlo. Quiero ir a comprar para hacer ensalada de pasta.”

Le mordió la oreja y tiró de él inútilmente. Él se cubrió los ojos con el brazo. Ella le lanzó la camisa de dormir a la cara, cubriendo su desnudez con una sonrisa traviesa antes de irse hacia el cuarto de baño.

“Pues tú sabrás si prefieres quedarte en la cama…” y añadió, cantuseando mientras sus pies descalzos marcaban el piso. “… Pero yo me voy a la ducha…”

La cama quedó desierta en menos tiempo del que ella tardó en poner la música. El sol pintó de blanco y dorado la sombra de los dos pares de zapatos a los pies de la cama. En algún lugar de la calle, alguien iba repartiendo papelitos para la inauguración de una heladería. El día sabía a horchata, y a vacaciones.

Se escucharon risas desde la bañera.

La gata negra

martes, 26 de mayo de 2009


Se había ido.

Le conocí hacia las cinco de la tarde Dios solo sabe en que café. No era mi ciudad. Ni la suya. Ya se sabe, París tiene un algo especial, y sus café, un olor característico. Su voz me erizó hasta la última de mis vértebras, y me mandó directamente un calambre en el cerebro.
Me invitó por la noche a un Château Latour 1998 mientras me desgarraba con cada sílaba bordada en aquella cadencia rota, rasgada, que era la gravedad de su acento Polaco y yo divagaba entre que habría debajo de la camisa blanca perfectamente planchada.
Gesticulaba con las manos y me hablaba de arte, del que coleccionaba en su casa de verano en Italia. Me peguntó por mis libros. Por mi oficio. Y yo le respondí que mataba gente con licencia la mayor parte del tiempo. Se rió.

Cuando le hube averiguado hasta el último lunar y me memoricé el sonido de papel de lija de sus gemidos le dije que se marchase y que cerrase al salir la puerta.

No me preocupé de ver cara que puso, ni que significaba el hecho de que mantuviera la mano en mi cintura un interminable minuto, como tratando de entenderlo. Cuando escuché sus zapatos de marca alejarse por el pasillo del hotel, me di cuenta de que le había despachado por pura costumbre, y una muesca que me había dejado su voz en los senos me hizo sentir vacía.

Alcancé la copa de vino en la mesita. No tenía ganas de vestirme y alcazarle para preguntarle como se llamaba.

La gata negra

Suena en el tocadiscos: El tango de Roxanne - Moulin Rouge

[Te adoramos, Jacek Koman]

lunes, 25 de mayo de 2009

Me había quedado dormida en el sofá con una camisa abotonada suya, demasiado grande para ser tan solo una camisa y demasiado corta para ser un camisón. Cuando me desperté a la mañana siguiente estaba mojada y con ganas de quitarme la ropa interior para ir a su cuarto y sentarme sobre él sin mediar palabra.

No lo hice, insegura de su reacción.

Luego hice mis maletas y me marché sin decir adiós antes de empezar a sentirme peor.

La gata negra

martes, 19 de mayo de 2009


Y me paso las noches en vela, recordando como me mordías los muslos hasta dejarme cardenales. Como me marcabas caminos dolorosos desde los talones a las caderas. Como me desechabas, me negabas. Como volvías a reclamarme. A desearme. Como me hacías llorar y gritar de ansias. Como me cargabas de arañazos o me componías a besos.

Cada uno de los recuerdos imprimidos en mi piel: Caricias que no se borran, moretones que salieron Dios sabe cuando, mezclados con demasiado alcohol. Me acaricio pensando en tus manos. Me clavo las uñas como si fueran las tuyas pero luego no estás para lamer la sangre.

La cama es demasiado grande y mi cuerpo tiene demasiados gruesos los perfiles si no estás tú para confundirlos con lo tuyos. Mi piel es demasiado asfixiante si tu no la rompes con tu presencia. Me sobra el aire si no es para perderlo en tu boca.

Me sobro yo. Si no es para ser contigo.

La gata negra

sábado, 16 de mayo de 2009


Era como si se nos hubieran roto todos los relojes. Porque siempre se nos olvidaba la hora de vestirnos. Yo creo que nos perdíamos en aquella sinfonía de pieles, que recomponíamos cada vez que nos rozábamos.

La gata negra

miércoles, 13 de mayo de 2009


¿Sabes? Todavía tengo la máquina de escribir.

Aquella que compramos en un rastro aquella primavera en París por cuatro perras. Nos salió más caro el papel de calco y los folios que aquella antigualla sin marca. Si no recuerdo mal le faltaban algunas teclas. A veces me viene a la memoria cuando te despertabas y yo ya escribía desnuda frente a la ventana, enrollada en una sábana que me había caído a la cintura, y la luz suave del amanecer proyectaba mi sombra leve contra el suelo de madera. Recuerdo como me besabas la nuca, apartando el cabello con una mano, y luego te deslizabas dejando un beso en cada uno de mis pechos, sin que yo dejase de teclear.

Recuerdo que dormíamos en un colchón en el suelo. Y que no tardaba en dejar de escribir para irnos a buscarlo.

La gata negra

viernes, 8 de mayo de 2009

¿Te acuedas de aquellas navidades en que cuando te despertabas yo ya había hecho galletas de jengibre y cookies con nueces y llevaba solo el devantal (sí, abusábamos de la calefacción durante unas horas, ¿Y qué?)? ¿Y cómo nos pasábamos el día en pijama? ¿Y de lo bonito que era ver como nevaba fuera? ¿Y cuando te quemaste haciendo chocolate caliente?

¿Te acuerdas de cómo hacíamos el amor delante de la chimenea hasta que se consumía el fuego?

La gata negra