sábado, 14 de noviembre de 2009



Hay algo indecente en una boca devorando una fresa. O una uva. Sorbiéndola, sujetándola entre los labios rojos, maduros. Es insultante la desidia con la que los dientes aprietan con suavidad asesina la fruta, oprimiendo la pulpa sin llegar a quebrar la piel y derramar el azúcar. La forma en que esa boca se cierra alrededor de una cereza, con delicadeza, y la acaricia con la punta de la lengua, adelantándose al sabor, codiciándolo. Como los dientes quiebran la piel de la fruta, y como se derrama el jugo sobre el carmín, señal para que los labios se cierren completamente y ya no se sepa nunca más que fue de la fresa, de la uva o de la cereza, y sabiendo que, también el dulce esperaba con hórrida devoción su destino.

La gata negra

PD: Y ¿Por qué en los anuncios las modelos salen con los labios entreabiertos? Porque una boca entreabierta SIEMPRE es más sensual, más erótica. Y el sexo, vende.

martes, 29 de septiembre de 2009

Small talk




A:
No sé que peluche llevarme a nuestro piso.
B:
¿De verdad vas a llevarte uno?
A:
Sí, ¿Y si tengo miedo alguna noche? Yo soy muy inocente, allí en el fondo, donde no llega la luz.
B:
¿No prefieres apretarme entre tus brazos? Soy blandita.
A:
No te gusta compartir cuarto. Y yo prefiero dormir ancha y tranquila.
B:
Cierto. Yo puedo dormir con alguien, pero cuando estoy dibujando o con el ordenador o escribiendo/leyendo, prefiero estar sola.
A:
Y a mí solo me gusta apretar a un hombre en la cama. Y bueno, cuando era más joven y tierna si estaba deprimida a mi madre.
B:
Pues ahora yo sustituyo a tu madre. En abrazos no en mandato. Ya sabes lo mal q se me da ordenar.

A:
Claro, la dominatriz soy yo. Bien, si estoy deprimida me meteré en tu cama. Pero para consuelo emocional, no sexual.
B:
Pero si es lo mismo, ¿no?

domingo, 27 de septiembre de 2009


Lo realmente importante para hacer un streaptease es no es la técnica, sino la confianza en uno mismo. Si tú no te sientes a gusto con tu cuerpo no podrás sentirte sexy delante de los ojos de nadie, y mucho menos mostrarte como tal. Tienes que sentirte como un objeto de deseo para poder transmitir esa sensación de control de la situación, de dominio sobre tu cuerpo, de completa seguridad en ti misma. Lo demás, sale rodado, solo es cuestión de sentir la música.

Al final, lo realmente jodido, es elegir la canción.

La gata negra

jueves, 24 de septiembre de 2009





“Empiezo a plantearme que los únicos hombres que merecen la pena son los gays. Me haré pasar por transexual en el ambiente a ver si ligo.” Dijo, pidiendo otra cerveza. Yo me pedí otra copa de vino. “Van a pedirme el número de teléfono del cirujano, ¡Hasta me baja la regla!”

*Inspirado en hechos reales*

martes, 22 de septiembre de 2009




Era una de las pocas (poquísimas) veces que estuve enamorada.


Habíamos estado corriendo bajo la lluvia durante más de media hora. La tormenta nos cogió de vuelta a mi apartamento, hasta un par de minutos antes el cielo estaba despejado. No hacía calor, pero tampoco parecía que fuera a sorprender la lluvia.


En realidad yo había propuesto en un principio quedarnos debajo de un balcón, en un portal, para esperar a que parase la descarga de agua. Era algo exagerado, parecía que alguien hubiera abierto los grifos allí arriba. Me recordaba a los niños sádicos que jugaban a ahogar a las hormigas con una regadera o con un cubo de agua. Él dijo que era una pena, porque era un día perfecto para mojarse con la lluvia: No hacía frío, ni viento, ni sitios a los que no se pudiera acudir empapados esperando al final de la tarde. Así que me lo quedé mirando por el rabillo del ojo antes de salir corriendo debajo del aguacero hacia casa. Tras un par de segundos de estupor salió corriendo detrás de mí.


Llegamos al portal de mi edificio chorreando agua desde el pelo hasta los zapatos, y justo cuando puse la llave en el pomo empezó a arreciar la tormenta. Cómo no. Murphy. Subimos los dos pisos sin ascensor dejando un rastro de agua por la escalera y nos cruzamos con un matrimonio de jubilados que se nos quedó mirando algo preocupados.


"Quitaos enseguida esa ropa mojada, o vais a coger una pulmonía, chiquillos."

"No se preocupe, señora, que ahora mismo nos quitamos toda la ropa."


Claro, que nadie dijo que nos volviésemos a poner ropa seca luego. Al menos durante unas horas.

viernes, 11 de septiembre de 2009





"Son unas botas preciosas." Dijo él mientras ella apagaba la música que había utilizado y ponía otra cosa.


Ella se volvió a sonreírle con malicia en las pupilas.


"Las botas no son para tanto, lo que pasan es que destacan mucho cuando son lo único que llevo puesto."


"Ha sido divertido."


"No, cielo, la diversión, empieza ahora."

viernes, 21 de agosto de 2009








Gracias a Dios o a quien sea (llamémosla Afrodita, Diosa Madre o Megan Fox) tengo las piernas largas, la cintura estrecha y con la edad se me han hecho las facciones mucho más felinas que las mejillas regordetas y graciosas que tenía de niña. Sigo plana como una tabla, pero mira, tengo unos hombros que para lucir escotes imperio me quedan que ni pintados.
Así que no, precisamente “ligar”, ese deporte que tanto aborrezco y a la vez resulta tan entretenido no me resulta para nada complicado. Quizá por eso mismo me es tan increíblemente parco en diversiones. Cuando una persona despierta el instinto “uuuuuh, no sé que es lo que se acerca, pero definitivamente me lo quiero tirar”, es mucho más fácil llegar a pasar una velada divertida intercambiando lo que suele denominarse como “Charla ligera” y que no es más que una serie de eufemismos ordenados en fila india que te llevan a:

a) La cama.
b) La próxima cita (que, inevitablemente, llevará a la cama).

Me hacen gracia las chicas que me suelen preguntar como se puede saber si un hombre está enamorado de ellas para no tirárselo a la primera de cambio y después sentirse utilizadas. La respuesta es fácil: No puedes saberlo. De hecho, importa una mierda saberlo. Jamás sabrás si alguien te quiere de verdad. Es muy probable que cuando te lo digan te mientan. Y es más probable todavía ¡Que no sepan si quiera que te están mintiendo! Todo el mundo quiere enamorarse. Sobretodo de una chica bonita y simpática, o de un hombre guapo y atento. Pero no, no es amor. El amor solo se comprueba cuando después de dos años de pensar en una persona sigues enganchado a ella. Y eso, a menudo, no sucede. Pero todo el mundo tiene derecho a jugar a que está enamorado. Y si puede tenerlo fácil porque la providencia le ha dado el cuerpo que de momento está en alza ¡Alabemos en alta voz!
Y además, vamos a ver, ¿Qué importará si él te quiere o no para tirártelo? ¿Te lo quieres tirar? ¿Sí o no? No me vengas con la postura de doncella casta y virginal. La respuesta es bien sencilla. Acuéstate con él si te apetece, te quiera o no. Ya puede estar perdidamente enamorado de ti, que si no te apetece no te vas a ir a la cama con él. Pues exactamente igual al contrario.
Enamorarse no es fácil. Y que se enamoren de ti tampoco. Y ya, que los astros se asocien en una increíble alineación favorable que propicie el hecho de que te enamores y seas correspondido es tan poco probable como que te toque la lotería (y no, pese a lo que algunos piensen, no estoy exagerando. Pongamos que hablo de amor, no de tener novio, que mi abuela ya lo decía “Novios de pá i pimentó, a tot hora en el cantó”.) Pero “ligar” es divertido. El sexo es sano. Y el deporte de la caza, o la pesca, o la seducción (finamente hablando) es de lo más entretenido. No solo para los fines de semana, sino para cualquier día y momento… Mira, encanto, ¿Ves ese chico que te mira desde la mesa de enfrente? Sonríele. No, no pienses que es el hombre de tu vida, ni el padre de tus hijos: Porque no lo es (Es más, probablemente sea un capullo y su conversación no llegue a la sucesión de monosílabos coherentes enhebrados). Pero puede ser que te diviertas un buen rato con él, e incluso descubras que es una maravillosa pieza para tu colección de amores irrealizados. Un abrigo más trofeo que colgar entre tus zapatos de marca.

Disfruta, cariño. La vida es corta. La juventud se acaba. Y si tienes mis medidas, es casi un crimen no aprovecharte de lo que te ha ofrecido la vida.

La gata negra

miércoles, 19 de agosto de 2009

Nos amábamos hasta los golpes. Era algo tan fácil de explicar como difícil de comprender. Nos odiábamos hasta el deseo, y cada beso era una herida mortal. Jamás pude imaginar una vida sin él, y, sin embargo, no creo que jamás estuviésemos juntos. Tampoco nos hemos separado nunca, porque ambos smos la misma persona en dos extremos totalmente opuestos. No hay verdaderas pasiones si estas no duelen.

Lo decía un escritor. El amor sin complicaciones no sería amor, sería, ¿Qué sé yo? Confitura, música de Bach.

La gata negra

jueves, 13 de agosto de 2009










El latido resonaba por toda la sala, en cada rincón, reflejándose como en un espejo y reverberando en todas las paredes. Era como el tic-tac de un reloj, solo que desesperado, impaciente. Ella caminó desde el balcón, con andares felinos, hasta el centro de la sala, dejándole allí, sentado en la baranda, observando el balanceo de sus caderas, como un vaivén suave de un velero en el medio de un océano en calma. Ella se detuvo y se volvió para mirarle, a través de las cortinas que el viento zarandeaba sin cuidado. Él la siguió dentro. El sonido allí era más difícil de ignorar. Sobre la repisa de la chimenea, el corazón golpeaba furioso contra las paredes del cofre de jade. Un tambor acompasado. Inclemente. Amenazaba con romper las paredes. Él podía visualizarlo allí dentro, suicidándose lentamente contra los barrotes de su jaula de oro. Se dejó caer pesadamente en el sofá de terciopelo rojo de ella, mirando de soslayo todavía el cofre de jade donde seguí martilleando el corazón de ella.

“¿Porqué te lo arrancaste?”
“Cuando… Cuando vendí mi alma por él, y luego me traicionó.” Ella se acercó a él, y, por un momento pudo verla como lo que era, un niña rota. Desdémona se arrodilló ante él, dejando la mejilla sobre su regazo, él le acarició el cabello de rizos azabache, pasándole los dedos entre los rizos. “Cuando me abandonó. Cuando rompió todo aquello que nos unía, todo lo que sostenía mi vida. Cuando perdí el alma en un juego donde aposté demasiado…” ella cerró el puño, clavando las uñas en la pierna de él. “Me perdí a mi misma. Me dolía tanto… A cada paso moría un poco, un pedazo de corazón se desintegraba en la nada y era como si mil garras me arrancasen poco a poco las entrañas, para dejar un agujero que solo podía rellenar de más y más soledad.” Ella se incorporó, mirándole con los ojos cristalizados pero sin lágrimas. Se levantó alejándose de él hacia la chimenea. “Por eso me lo arranqué del pecho…” sonrió amarga. “Para no poder volver a enamorarme, para no volver a apostar nada…” y paseó los dedos por encima del cofre de Jade. El corazón se rebotó, latiendo con más fuerza. “Porque la mujer perfecta no tiene ni corazón ni alma.”

La gata negra

lunes, 10 de agosto de 2009




Hasta las gatas lloran cuando les rompen el corazón. La diferencia es que usan las uñas para arrancárselo y que no vuelva a sangrar.


La gata negra


* Foto: París, le Pont des arts.









Todos los grandes amantes empezaron por ser meros desconocidos. Desconocidos que un día cruzan sus mundos en un pestañeo rápido, y, de algún modo, se dan cuenta de que uno encaja en el perfil del otro. Sombras chinas, o los moldes que teníamos cuando éramos pequeños que encajaban uno dentro de otro. Muñecas rusas: Matrioskas. Y mil comparaciones más.

El amor eterno, que se enreda entre callejones con sabor a marfil y se escapa por ventanas con marcos de soledad, no es más que una prolongación insalubre de una fantasía, un hecho que se apagará con el tiempo. La gente que ama sin límites ni fechas de caducidad son un redil de obsesionados, enfermos mentales: No son personas, solo soñadores.

Todas las grandes historias de amor se escriben para tener un mismo final, un adiós sin palabras. Y, solo a veces, se ven truncadas antes de que pueda demostrarse que iban a expirar, y quedan como grandes hitos del romanticismo. El resto, se diluyen en los años, a veces solo por cuestión de meses. Otras, en días.

Solo muy de vez en cuando, alguien se suma al campo de concentración donde se encierran las almas de los amantes suicidas, los que no necesitan alimento para el corazón, los que, saben, como respiran, que nunca dejarán de leer los labios de la persona que les hechiza las noches en cada golpe de viento. Pobres infelices. Reyes y reinas de lo perenne. Princesas de la cabezonería y caballeros de la esperanza. Ilusos, al fin y al cabo.

Que nunca aprenden (nunca) que hay un tiempo para todo, hasta para empezar a olvidar.

La gata negra

domingo, 9 de agosto de 2009




Lo que más odio de los hombres es que son incapaces de comprender que quizá entre el sector masculino haya telepatía (quien sabe, el pene puede que sirva de antenita) pero las mujeres no tenemos esa asombrosa capacidad de leerle el pensamiento a la gente de nuestro alrededor. Debe de ser que esa característica superior les ha llevado a una atrofia lógica de la más primitiva costumbre de hablar. Es más difícil conseguir que un hombre te explique qué le pasa que acertarle a una mujer que es lo que quiere oír en ese momento.


Puede que nosotras usemos la lógica retorcida y algún reducto neurótico diga: “¿Cómo me sienta esta falda?” cuando lo que quiere decir es “Dime-que-los-últimos-tres-quilos-no-se-me-notan-tanto” (cuando lo que tendrían que hacer es plantearse que esos tres quilos deben de molestarte a ti, en todo caso, no a él. Ya que, generalmente, ellos, no se han dado ni cuenta). Pero es mucho mejor saber algo que puede acarrearte problemas que permanecer por un irritante silencio conyugal en la más enervante de las ignorancias.


La gata negra

sábado, 1 de agosto de 2009


Hacía años que no me reía tanto y de una forma tan tonta.
La piscina está rodeada de césped por todos los lados, extensiones inmensas, y se puede correr y correr con los brazos en cruz, jugando a volar. Era algo que solía hacer de pequeña, sobretodo cuando conectaban los aspersores y te mojabas, haciendo como que huías de ellos en un pilla-pilla completamente falso, porque el sofocante verano te empujaba hacia el agua.
Hace un par de días que fui con una amiga a la piscina. El sol estaba abrasándome la piel, era un bochorno inaguantable, ni la cocacola bien fría había podido hace un mínimo al respecto. Asfixiante.
Y entonces oí el sonido de los aspersores al conectarse en el césped, lejos de la piscina. Y como ese día había ganado el pleno de mis múltiples personalidades la demente impulsiva cogí a mi amiga del brazo para jugar a perseguirnos entre las gotas de agua. Acabamos en el suelo, hechas un desastre, llenas de manchas verdes en las rodillas, riéndonos caladas de agua como si tuviéramos seis años.

También recuerdo que cuando tenía esa edad el conserje de la piscina nos ahuyentaba con gritos e imprecaciones. Pero el otro día se quedó mirándonos pacíficamente, como si maldijera en silencio no haber llevado encima la cámara de fotos.
La gata negra

miércoles, 15 de julio de 2009





Hace poco leí a un gran escritor de artículos de opinión que el buen yerno jamás será buen amante, y el buen amante jamás será un gran marido.


Ratifico la afirmación. Por eso hay que tener marido y amante.


La gata negra

domingo, 21 de junio de 2009


"Me di cuenta de que íbamos a durar cuando preferí el sofá cama a el silloncito Luis XVI, para cuando vinieses de viaje."
"..."
"¿Qué? Te acabo de decir que te preferí al diseño. Deberías estar dando saltos de alegría."
La gata negra

viernes, 19 de junio de 2009




"¿No te gustan los collares?"
"No es que no me gusten, cielo." dijo ella, observando colgar entre sus dedos el colgante de oro con una lágrima de diamante balanceándose en el aire. "Pero nunca me ha gustado eclipsar lo realmente importante. Y las joyas, los avalorios y toda esa parafernalia, son cosas que utiliza la gente para atraer la atención cuando no puede por sí misma. Sobretodo, los collares son uno de los complementos que más distraen de destacar un punto elemental."
"No acabo de comprenderte."

Ella se llevó el dedo ínidice sobre la línia del óvalo del rostro, y deslizo la uña lacada en negro por la larga curva que dibujaba su cuello, dejando un surco pálido a la presión que se deshacía como crema al mezclarse con el licor oscuro de su piel bronceada. Fue a morir un poco por debajo de su clavícula, haciendo circulitos con el dedo sobre la cremosidad de la piel que ya empezaba a sugerir la forma de sus senos en aquel escote imperio.

"¿Me comprendes?"

Él tragó saliva, y no pudo más que darle la razón.

La gata negra

domingo, 14 de junio de 2009

"¿Sabes qué? Creo que el look semi inocente en la expresión, aunque tiene eso de perverso que ya se sabe, no lo es más que una mirada puramente lasciva."
"Perfecto. Ahora deja de divagar sobre mis ojos y ven a la cama, ¿Quieres?"
La gata negra

jueves, 11 de junio de 2009



Aquellas que jugaban con los chicos.
Las que corrían más que tú en atletismo.
Y te daban palizas a las magic.
Las que te ganaban todas las canicas.
Las mismas que te explicaban los deberes de matemáticas.
Y llevaban chandal de adiddas dos tallas más grande.
Las que subían a los árboles, y a las porterías.
Las chicas de la biblioteca.
Aquellas que leían marvel mientras todas leían Ragazza.
Y parecían palos de escoba cuando les mirabas el escote y el culo a sus amigas.

¿Te acuerdas de la chica lista de primaria?
¿De tu mejor amiga de secundaria?

La que un verano conoció las minifaldas y los tacones.
Y un buen día se le talló la cintura y conoció la maestría del arte de mirar.
La que te tiraba de espaldas con aquel caminar de gata.
La misma que te dijo que ya tenía con quién ir al baile de graduación de bachillerato.
A la que le descubriste unas interminables piernas.
Y con la que soñabas cada vez que la veías mover los labios sin escucharla.

Por todas ellas.

Y, ¿Sabes qué?

Todavía te puedo dar una paliza al Soul Calibur IV.

La gata negra

lunes, 8 de junio de 2009


Hay tres palabras que les hacen iluminarse de pura felicidad cuando les veo alargar la mano hacia sus pantalones:

"Tomo la píldora."

La gata negra

sábado, 6 de junio de 2009

Andrea - Primera Parte



La palabra era zorra. Eso sí, era una zorra con mucha clase. O más bien, interesante. Era una zorra de las que no te importa ver cada día, o tomarte con ellas un buen café, una de esas que cuando les has echado un polvo, además, te apetece escucharlas hablarte de algo que tú no conocías, y que acompaña el nirvana del orgasmo como una revelación cósmica en tu universo personal.

Pues así era Andrea. Era la hija de los vecinos de al lado, la que había venido contigo a clase toda la vida y levantaba la mano. Era la típica que se pasaba las tardes hablando de las obras de Shakespeare y de las reyertas entre Góngora y Quevedo. Te sabía decir que de repente habían puesto las variaciones Goldberg en la radio clásica o diferenciarte entre Monet y Manet. E, increíblemente, tenía la pinta de estar sacada de una revista de moda donde las modelos no eran palos de escoba anoréxicos.

“Tener capacidad de conjugar oraciones complejas no tiene nada que ver con el hecho de no saber combinar unos manolos con un buen vestido.” Y añadía, mirándote con una sonrisa que le dibujaba unos hoyuelos indecentes, de inocencia infantil, como si no hubiera roto un plato en su vida. “Y además, sería de imbéciles no tomar consciencia de que un cuerpo bonito es una arma como cualquiera y utilizarlo.” Y te levantaba la copa de vino sostenida entre sus dedos de perfecta manicura francesa.

Era la hija de tus vecinos que le habían sentado muy bien los años, y, además, tenía las habilidades de cama de una meretriz experimentada. O como escuchó él la primera vez que oyó hablar de Andreita Gómez: “No me habían hecho nunca semejante limpieza de sable, macho.”.

Y él, el muy gilipollas, en vez de hacerla pasar por su cama como todo hombre en diez kilómetros a la redonda, se había enamorado. Pero como un bendito idiota. La dejaba entrar en su casa por las noches, y ella se quitaba los tacones de aguja y dejaba caer la falda con un movimiento de cadera gracioso, que la empujaba por la gravedad hasta sus tobillos finos, que se continuaban de sus perfectos pies descalzos. Y la veía encaramarse a su cama, mientras él la miraba acostado en la alfombra, como si fuera una esfinge milenaria que le hablaba de las maravillas que había estado discutiendo en la conferencia de la que acababa de volver, y divagaba sobre el sentido de la divinidad en la vida de los hombres. Y él solo le miraba los pechos de vecinita demasiado mayor para seguirla viendo como la niña del body rosa que vuelve de ballet. Y entonces se la imaginaba con un escueto body de licra que le marcaba aquellos pechos suaves, tentadores… Y tocaban las cuatro de la mañana, y Andrea se levantaba para volver a su casa, con la misma gracia que había llegado, y le daba un beso en la mejilla. Y él se quedaba con los pantalones pequeños para lo que había decidido crecer por su cuenta y la sensación de que no era justo que él fuera el único que no había probado la carne de su mejor amiga.
La gata negra

viernes, 5 de junio de 2009


Tenías que verla. Con aquella boca de cereza, con forma de corazón, tan carmesí, tan húmeda, y la puntita de su lengua, cálida, apetente, repasando cada uno de los pliegues de aquellos labios jugosos como una boca madura. Dios, en realidad estaba volviéndose loco por sentir aquella boca alrededor de él, envolviendo la parte de su cuerpo que estaba por momentos apretándole los pantalones. Y ella divagaba, divagaba no sabía ya de que porque empezaba a sentir que el sudor frío que le goteaba por las sienes no le dejaba pensar, y el calor de aquella cafetería tan correcta, tan romántica, le estaba comprimiendo los pulmones. Y ella seguía abriendo y cerrando aquella boca golosa, de diámetro tan cuidadoso como si la hubieran pintado en su rostro de facciones proporcionadas. Y de vez en cuando el pelo le resbalaba hasta posarse distraído sobre sus pechos pequeños, redondos, que asomaban por un escote rodeado de puntillas.

“¿Me estás escuchando?”
“Sí, sí.”

Y su voz sonaba pegajosa, caliente y gruesa, se tropezaba con su lengua dentro de su boca. Y es que su lengua quería salir, quería posarse encima de aquellos pechos y rodearlos, saborearlos, saber el tacto de la piel, si estaba tan cálida como él imaginaba o era un cubo de hielo refrescante. Y ella le miraba, con los párpados entornados, con aquellas pestañas de muñeca y se apartaba una y otra vez con gracia el pelo de sobre la cremosidad de sus senos, y movía la boca, aquella boca roja, roja, roja, con la sangre a borbotones golpeando bajo la pulpa de sus labios, y la puntita de su lengua asomando de nuevo, para humedecérselos… Y… Dios.

“No, no me estás escuchando.”

Y entonces notó la mano de ella, la delgada mano de ella, de interminables dedos con las uñas por pintar, en transparente naturalidad. Porque era como una niña, era como una mujer que no se esforzaba por ser sexi porque no le hacía falta. Todo en ella era sexo, sexo condensado, sexo en cada poro de su dermis. Y esa mano que decía sexo en cada dedo como un anillo estaba sobre él, intentando rodear el bulto que ya estaba agonizando en sus pantalones, y estaba abriendo la cremallera por debajo del mantel de auqella mesita redonda de un café tan cuco, tan poco perverso, donde todos sus clientes bebían en tacitas de porcelana verdes chocolate espeso y dulce. Y él no podía, no concebía, que aquello no fuera su mente que se había volatilizado por completo, alejada ya del sentido común, perdido en los valles de sus senos, en las nalgas que se dibujaban todavía en sus pupilas cuando la había avistado en aquel vestido de algodón, que la envolvía como un guante, como si fuera diseñado para ella, exclusivamente para cada curva de su cuerpo. Y la “s” de “Sexo” del dedo índice de ella estaba apartando la licra de su ropa interior.

“¿Qué te estoy diciendo?”
“No… No lo sé.”
“Te acabo de decir que necesito que me penetres, ahora.” y remarcó la palabra con su boca, acunando cada letra con la lengua, con aquella lengua que asomaba para humedecer los labios como si...

“¿Ahora?”

Y mientras ya la palabra sexo le rodeaba por completo, y empezaba a escribirse arriba, y abajo, arriba y abajo…

"Ahora."
Y ya no dijo nada más porque tuvo que hacer un esfuerzo para devolver su mente de entre las nalgas de ella y concentrarse en no gemir en voz alta.
La gata negra

Erótica del dolor


Te he hecho daño, alma mía
he desgarrado tu alma.

Entiéndeme.
Todos saben quien soy,
pero ese Soy
es además un hombrepara ti.

En ti vacilo, caigo
y me levanto ardiendo.
Tú entre todos los seres
tienes derechoa verme débil.
Y tu pequeña manode pan y de guitarra
debe tocar mi pecho
cuando sale al combate.

Por eso busco en ti la firme piedra.
Ásperas manos en tu sangre clavo
buscando tu firmeza
y la profundidad que necesito,
y si no encuentro
sino tu risa de metal, si no hallo
nada en qué sostener mis firmes pasos,
adorada, recibe mi tristeza y mi cólera,
mis manos enemigas
destruyéndote un poco
para que te levantes de la arcilla,
hecha de nuevo para mis combates.

Neruda, El daño.

No hay mejor amante que una misma.
La gata negra

miércoles, 3 de junio de 2009



Lo que más odio de los hombres es cuando les estás diciendo "Sí" y tienen miedo a que sea un "No" maquillado.

La gata negra

lunes, 1 de junio de 2009


"Que a gusto dormiría esta noche contigo, hermosura."
"Eso harías toda la noche, imbécil, ¿Dormir?"

La gata negra

domingo, 31 de mayo de 2009


Cuando lo entregas todo para olvidar, y te das cuenta que funciona, ni aún así, consigues escaparte de cuando él abandona tu cuerpo y cierra la puerta, y te vuelves a quedar, completa e irremediablemente, vacía y sola.
La gata negra

sábado, 30 de mayo de 2009


Empezó a ser un juego. Lo de donde pongo el ojo pongo la bala. Un juego terriblemente fácil y terroríficamente divertido. Coleccionar corazones como quien colecciona mariposas. Clavarlos con alfileres en la pared de mi habitación con el nombre del desgraciado debajo. Pobres infelices. Se vendían por una sonrisa. Por una caricia.

Lo mejor era los previos. Descubrir que buscaban. Que necesitaban. Apuntar cada una de sus variables y combinar sus gustos para crear la trampa perfecta, el reclamo ineludible. Trenzas más faldas con un diez por cien de intelectual. Bohemia con un treinta por cien de zorra con ínfulas de espiritualista. Pija que se hace la superficial pero en el fondo tiene un mundo interior rico e interesante. Modelos, estereotipos, jugadas. Jaque mate. Otro corazón al corcho. Y un polvo de consolación.

A veces hasta eran buenos en la cama. Algunos incluso daban verdadera pena cuando les dejabas en la cuneta y te miraban con ojitos de perro abandonado. Pobres, pobres cachorros.

Cada vez buscar presas más complicadas. Retos más inalcanzables.

Y, por desgracia, al final, todos son más fáciles de lo que parece.

La gata negra

viernes, 29 de mayo de 2009


“¡Vamos!”

De un salto estaba fuera de la cama, abriendo las cortinas y dejando que un golpe de sol cubriera las paredes del cuarto y reemplazara la oscuridad translucida de hacía a penas segundos. Se tiró a su lado, besándole a penas con una risa fresca de mañana salada.

“¡Venga, sal de ahí! Hace un día fantástico, tenemos que aprovecharlo. Quiero ir a comprar para hacer ensalada de pasta.”

Le mordió la oreja y tiró de él inútilmente. Él se cubrió los ojos con el brazo. Ella le lanzó la camisa de dormir a la cara, cubriendo su desnudez con una sonrisa traviesa antes de irse hacia el cuarto de baño.

“Pues tú sabrás si prefieres quedarte en la cama…” y añadió, cantuseando mientras sus pies descalzos marcaban el piso. “… Pero yo me voy a la ducha…”

La cama quedó desierta en menos tiempo del que ella tardó en poner la música. El sol pintó de blanco y dorado la sombra de los dos pares de zapatos a los pies de la cama. En algún lugar de la calle, alguien iba repartiendo papelitos para la inauguración de una heladería. El día sabía a horchata, y a vacaciones.

Se escucharon risas desde la bañera.

La gata negra

martes, 26 de mayo de 2009


Se había ido.

Le conocí hacia las cinco de la tarde Dios solo sabe en que café. No era mi ciudad. Ni la suya. Ya se sabe, París tiene un algo especial, y sus café, un olor característico. Su voz me erizó hasta la última de mis vértebras, y me mandó directamente un calambre en el cerebro.
Me invitó por la noche a un Château Latour 1998 mientras me desgarraba con cada sílaba bordada en aquella cadencia rota, rasgada, que era la gravedad de su acento Polaco y yo divagaba entre que habría debajo de la camisa blanca perfectamente planchada.
Gesticulaba con las manos y me hablaba de arte, del que coleccionaba en su casa de verano en Italia. Me peguntó por mis libros. Por mi oficio. Y yo le respondí que mataba gente con licencia la mayor parte del tiempo. Se rió.

Cuando le hube averiguado hasta el último lunar y me memoricé el sonido de papel de lija de sus gemidos le dije que se marchase y que cerrase al salir la puerta.

No me preocupé de ver cara que puso, ni que significaba el hecho de que mantuviera la mano en mi cintura un interminable minuto, como tratando de entenderlo. Cuando escuché sus zapatos de marca alejarse por el pasillo del hotel, me di cuenta de que le había despachado por pura costumbre, y una muesca que me había dejado su voz en los senos me hizo sentir vacía.

Alcancé la copa de vino en la mesita. No tenía ganas de vestirme y alcazarle para preguntarle como se llamaba.

La gata negra

Suena en el tocadiscos: El tango de Roxanne - Moulin Rouge

[Te adoramos, Jacek Koman]

lunes, 25 de mayo de 2009

Me había quedado dormida en el sofá con una camisa abotonada suya, demasiado grande para ser tan solo una camisa y demasiado corta para ser un camisón. Cuando me desperté a la mañana siguiente estaba mojada y con ganas de quitarme la ropa interior para ir a su cuarto y sentarme sobre él sin mediar palabra.

No lo hice, insegura de su reacción.

Luego hice mis maletas y me marché sin decir adiós antes de empezar a sentirme peor.

La gata negra

martes, 19 de mayo de 2009


Y me paso las noches en vela, recordando como me mordías los muslos hasta dejarme cardenales. Como me marcabas caminos dolorosos desde los talones a las caderas. Como me desechabas, me negabas. Como volvías a reclamarme. A desearme. Como me hacías llorar y gritar de ansias. Como me cargabas de arañazos o me componías a besos.

Cada uno de los recuerdos imprimidos en mi piel: Caricias que no se borran, moretones que salieron Dios sabe cuando, mezclados con demasiado alcohol. Me acaricio pensando en tus manos. Me clavo las uñas como si fueran las tuyas pero luego no estás para lamer la sangre.

La cama es demasiado grande y mi cuerpo tiene demasiados gruesos los perfiles si no estás tú para confundirlos con lo tuyos. Mi piel es demasiado asfixiante si tu no la rompes con tu presencia. Me sobra el aire si no es para perderlo en tu boca.

Me sobro yo. Si no es para ser contigo.

La gata negra

sábado, 16 de mayo de 2009


Era como si se nos hubieran roto todos los relojes. Porque siempre se nos olvidaba la hora de vestirnos. Yo creo que nos perdíamos en aquella sinfonía de pieles, que recomponíamos cada vez que nos rozábamos.

La gata negra

miércoles, 13 de mayo de 2009


¿Sabes? Todavía tengo la máquina de escribir.

Aquella que compramos en un rastro aquella primavera en París por cuatro perras. Nos salió más caro el papel de calco y los folios que aquella antigualla sin marca. Si no recuerdo mal le faltaban algunas teclas. A veces me viene a la memoria cuando te despertabas y yo ya escribía desnuda frente a la ventana, enrollada en una sábana que me había caído a la cintura, y la luz suave del amanecer proyectaba mi sombra leve contra el suelo de madera. Recuerdo como me besabas la nuca, apartando el cabello con una mano, y luego te deslizabas dejando un beso en cada uno de mis pechos, sin que yo dejase de teclear.

Recuerdo que dormíamos en un colchón en el suelo. Y que no tardaba en dejar de escribir para irnos a buscarlo.

La gata negra

viernes, 8 de mayo de 2009

¿Te acuedas de aquellas navidades en que cuando te despertabas yo ya había hecho galletas de jengibre y cookies con nueces y llevaba solo el devantal (sí, abusábamos de la calefacción durante unas horas, ¿Y qué?)? ¿Y cómo nos pasábamos el día en pijama? ¿Y de lo bonito que era ver como nevaba fuera? ¿Y cuando te quemaste haciendo chocolate caliente?

¿Te acuerdas de cómo hacíamos el amor delante de la chimenea hasta que se consumía el fuego?

La gata negra